jueves, 30 de mayo de 2019


LEYENDA
EL GALLO DE LA CATEDRAL

Cuando Quito era una ciudad llena de misterios, cuentos existía un hombre de fuerte carácter, le tentaban las apuestas, las peleas de gallos, la buena comida y sobre todo le encantaba la bebida. Este hombre era conocido como don Ramón Ayala y apodado el “buen gallo de barrio”.

Dentro de su día tenía la costumbre de visitar la tienda de doña Mariana, por sus deliciosas mistelas, en el tradicional barrio de San Juan

Dicen que la doña era muy bonita y trataban de impresionarla todos los hombre de alguna manera.
Don Ayala después de sus acostumbradas borracheras, gritaba con voz estruendosa que el era el era el más gallo de barrio y que ninguno lo ningunea a él.


Había una vez un hombre muy rico que vivía como rey. Muy temprano en la mañana comía el desayuno. Después dormía la siesta. Luego, almorzaba y, a la tarde, oloroso a perfume, salía a la calle. Bajaba a la Plaza Grande. Se paraba delante del gallo de la Catedral y burlándose le decía:
– ¡Qué gallito! ¡Qué disparate de gallo!
Luego, don Ramón caminaba por la bajada de Santa Catalina. Entraba en la tienda de la señora Mariana a tomar unas mistelas.
Allí se quedaba hasta la noche. Al regresar a su casa, don Ramón ya estaba coloradito.
Entonces, frente a la Catedral, gritaba:
  • ·         ¡Para mí no hay gallos que valgan! ¡Ni el gallo de la Catedral!
  • ·         Don Ramón se creía el mejor gallo del mundo! Una vez al pasar, volvió a desafiar al gallo:
  • ·         ¡Qué tontería de gallo! ¡No hago caso ni al gallo de la Catedral!
  • ·         En ese momento, don Ramón sintió que una espuela enorme le rasgaba las piernas. Cayó herido.
  • ·         El gallo lo sujetaba y no le permitía moverse. Una voz le dijo:
  • ·         ¡Prométeme que no volverás a tomar mistelas!
  • ·         ¡Ni siquiera tomaré agua!
  • ·         ¡Prométeme que nunca jamás volverás a insultarme!
  • ·         ¡Ni siquiera te nombraré!
  • ·         ¡Levántate, hombre! ¡Pobre de ti si no cumples tu palabra de honor !


       Gracias por tu perdón gallito.
Entonces el gallito regresó a su puesto.
¿Cómo pudo bajar de la torre si ese gallo es de fierro?

Ya pueden imaginarse lo que sucedió: los amigos de don Ramón le jugaron una broma, para quitarle el vicio de las mistelas.